un nombre que los españoles aplicaban con frecuencia a cualquier lugar que les agradaba, como hemos visto, mientras que los soldados, fascinados por su riqueza floral y su belleza, lo bautizaron como Villaviciosa y lo declararon un paraíso terrenal.
Uno de los exploradores de caballería, al contemplar por primera vez los muros recién revocados que brillaban bajo el sol, regresó al galope con la noticia de que las casas estaban chapadas en plata. Era en verdad un lugar importante, que albergaba un gran mercado diario. Una plaza central se hallaba rodeada de imponentes templos y palacios, asentados sobre cimientos piramidales, alineados con apartamentos y coronados por torres, y a su alrededor se agrupan pul-cras viviendas con paredes de adobe blanqueado rodeadas de follaje. Edificios de mampostería más majestuosos, algunos con varios patios, se alzaban aquí y allá, mientras que en todas direcciones se extendía un vasto suburbio de chozas de barro con el inconfundible techo de hojas de palma. Sin embargo, incluso las moradas más humildes estaban sepultadas entre flores.28
El pueblo también, como cabría esperar por su entorno, era de un orden superior, bien formado, de aspecto inteligente, vestido con pulcras túnicas y mantos de algodón blanco y de colores, estando los nobles adornados con collares, brazaletes y argollas en la nariz y los labios de oro, engastados con perlas y piedras preciosas.
Cuando las tropas llegaron a la plaza, Chicomacatl,29 señor de la provincia, salió del palacio para recibir a sus huéspedes. Estaba sostenido por dos nobles y, aunque enormemente corpulento,30 sus facciones denotaban una gran inteligencia y sus modales, refinamiento. Era más un caballero que muchos de los españoles, cuya diversión ante su corpulencia Cortés se vio obligado a reprimir. Después de saludar y hacer sahumerios ante el comandante de la extraña compañía, Chicomacatl abrazó a Cortés y lo condujo a sus aposentos en