Los guerreros vacilaron; luego, con una última mirada escrutadora en dirección al emblema guía, se convencieron de que su líder en verdad había caído. A esto siguió la consternación; el pánico del centro alcanzó a los más distantes y, tan valientemente como habían luchado antes, tan cobardemente huyeron ahora.
Olvidados de las heridas y del hambre, y sin importarles el inminente peligro que tal proceder conllevaba, los españoles persiguieron a los necios fugitivos, acuchillándolos y lanceándolos hasta matar a veinte cifra redonda, en verdad, y que concuerda bien con las estimaciones de toda la fuerza. Pero, al fin y al cabo, lo que los nativos habían sufrido hasta entonces debió de ser poco en comparación con la presente matanza, pues sus muertos yacían muy amontonados a lo largo de la línea de retirada. Apenas uno entre los españoles había salido ileso, mientras que pocos de los pobres tlaxcaltecas quedaron para participar en los ricos despojos.44
Tras mandar retirar a las tropas de su sangrienta persecución, la primera ocupación de Cortés fue procurar que los soldados heridos tuvieran descanso y refrigerio. Después se celebró un solemne servicio de acción de gracias, en el cual todos participaron con gran fervor. Cortés atribuyó la victoria a san Pedro, pues con su nombre en los labios había realizado la carga milagrosa. Pero Santiago era el favorito de los soldados, quienes afirmaban que él había estado presente y luchado con ellos; y cerca del pueblo de Tenexcalco se erigió más tarde una capilla para conmemorar su aparición.45
Obviamente esta batalla fue la más importante hasta entonces en el Nuevo Mundo; y debe considerarse siempre como una de las más notables de la historia. Los nativos eran probablemente mucho menos numerosos que las estimaciones de los jactanciosos vencedores; aun así, superaban inmensamente en número y en condición a los españoles, debilitados por una derrota reciente, por las heridas y por la escasez.