La fuerza se dividió en once compañías, cada una bajo un capitán con mando en la mar y en la tierra. Los nombres de los capitanes eran Alonso Hernández Puertocarrero, Alonso de Ávila, Diego de Ordaz, Francisco de Montejo, Francisco de Morla, Escobar, Juan de Escalante, Juan Velázquez de León, Cristóbal de Olid, Pedro de Alvarado y Cortés, con Antón de Alaminos como piloto mayor.23
De esta lista se desprende que aquellos considerados hasta hace poco del bando de Velázquez recibieron su parte proporcional en el mando. Esto no puede atribuirse tanto al sentido de la equidad del capitán general, que le prohibía aprovecharse de intereses voluntariamente confiados a su cuidado, como a una política premeditada con la que esperaba ganar para sus propósitos a ciertos hombres de influencia,
a los que, por otra parte, habría sido peligroso apartar.
Antes de la revista, Cortés dirigió a sus soldados un discurso tan astuto y conmovedor como el de Marcio en Corioli. * Señalando a los miles de no bautizados, despertó su celo religioso; * deteniéndose en la grandeza de la empresa, estimuló su ambición; * refiriéndose a la vasta riqueza que estas tierras contenían, excitó su codicia. Tierras más grandes y ricas que todos los reinos españoles, las llamó, y habitadas por razas extrañas, que solo esperaban la sumisión a sus armas invencibles. Toda su fortuna estaba invertida en la flota que los transportaba; pero ¿quién lamentaría un gasto tan insignificante en comparación con los gloriosos resultados que habrían de seguir? Se lanzaban a una carrera de conquista en nombre de su Dios, que siempre había favorecido a la nación española; y en nombre de su emperador, para quien lograrían gestas mayores que cualquiera jamás realizada. Las riquezas se extendían ante ellos;