mayores eran los mercados de Tlatelulco y de la propia México, en los que se dice que cabían hasta cien mil personas.
Vistos arquitectónicamente y de manera individual, los edificios no presentaban un aspecto muy imponente, ya que la mayor parte tenía apenas un piso de altura. Esta monotonía, sin embargo, se veía aliviada en gran medida por la cantidad de templos consagrados a divinidades superiores y locales que se podían ver en cada barrio, alzados muy por encima de las viviendas de los mortales, sobre montículos de diversas elevaciones y coronados por capillas imponentes. Sus fuegos, encendidos en perpetua adoración a los dioses, ofrecían un espectáculo de gran impacto por la noche.
El más grandioso y conspicuo de todos era el templo de Huitzilopochtli, que se encontraba en el centro de la ciudad, en la confluencia de las cuatro avenidas, para estar siempre ante los ojos de los fieles. Consistía en una sólida pirámide revestida de piedra de unos 375 pies de largo y 300 de ancho en la base, de 325 por 250 pies en la cima, y seElevaba en cinco terrazas perpendiculares superpuestas hasta alcanzar una altura de 86 pies.
Cada terraza retrocedía seis pies respecto al borde de la inferior, y los cuerpos estaban dispuestos de tal modo que era necesario dar toda la vuelta a cada cornisa para acceder al tramo siguiente, una disposición idónea tanto para vistosas procesiones como para la defensa. Circundando la pirámide había una muralla de piedra almenada de 4800 pies de circunferencia, a través de la cual se abrían cuatro puertas, coronadas por edificios de arsenales, que daban frente a las cuatro avenidas.
La pirámide era bastante moderna y debió su erección a Ahuítzotl, quien empleó en ella durante dos años a una fuerza inmensa de hombres, trayendo el material desde una distancia de tres o cuatro leguas.