Era un alcalde sumamente popular; no había nada de circunspecto ni sombrío en su método de administrar justicia. La ley le importaba menos que la conveniencia, y su criterio de lo correcto cambiaba con facilidad, según las circunstancias.
En ingenio y vivacidad era un Mercucio. Astuto de intelecto, discreto, de un temperamento alegre, incluso jovial, con brillantes intuiciones y una vitalidad efervescente, sabía cómo agradar, cómo tratar a cada hombre de la mejor manera en que a este le gustaba ser tratado.
Caballero del tipo de Ojeda y Balboa, les superaba a ambos. No buscaba, como el primero, el peligro por el mero placer de encontrarlo, ni, como el segundo, confiaba mansamente su cabeza a merced de cualquier gobernador. La vida tenía valor para él; sin embargo, la aventura era su ritmo, y cuanto mayor era el peligro, mayor era la armonía alcanzada. Hidalgo de respetables antecedentes, fuese lo que hubiese sido o fuese lo que fuese, ahora desempeñaba el papel de magistrado a la perfección.
Como era de esperar, simpatizaba por completo con las opiniones religiosas de la época, así como con los principales hombres del clero. De hecho, los frailes siempre lo alababan, creyendo que era un hombre celoso y concienzudo; él se encargaba de que así fuera.
El ideal moral de los japoneses es la cortesanía. La cortesanía es la virtud. No dicen que mentir y robar sean malos, sino groseros.
Si al alcalde se le acorralaba, tenía que confesar que era un optimista, pues creía que todo lo que es, es lo mejor; sin embargo, en la práctica, ese «mejor» lo mejoraría, y todo lo que sus fuerzas le permitieran, era correcto que lo hiciera.