dominantes, y una serie de tribus se elevan a la prominencia bajo el término tradicional de conquistadores e inmigrantes. Entre estos se encuentran los aztecas, la nación representativa de la civilización nahua a la llegada de los españoles.
A la orilla opuesta del mayor de un conjunto de lagos que iluminan el valle ovalado de México se han alzado, desde principios del siglo XIV, tres ciudades, Tezcuco, México y Tlacopan, capitales de tres naciones confederadas: los acolhuas, los aztecas y los tepanecas.
A la primera pertenecía la porción oriental del valle; a la segunda, la meridional y occidental; y a la tercera, una pequeña parte del noroeste. De esta confederación, Tezcuco fue durante un tiempo la más poderosa; Tlacopan, la que menos. Si bien se mantenían dentro de sus límites respectivos en el valle, más allá de sus confines clásicos las tres potencias hacían causa común contra los bárbaros.
Hacia mediados del siglo XV, bajo el belicoso Moctezuma I, México alcanzó la supremacía y, durante los sesenta años siguientes, extendió su imperio hasta las costas de uno y otro océano. Dentro de este perímetro, sin embargo, había varias naciones que nunca conquistó; sirvan de ejemplo los tlaxcaltecas, los tarascos y los chiapanecas. Muchos hubo —por ejemplo, los habitantes de Tehuantepec, del norte de Guatemala y de Soconusco, y los mixtecas y zapotecas de Oaxaca— cuya conquista por parte de los aztecas fue temporal, y que o bien pagaron tributo solo por un tiempo, o bien se sacudieron el yugo en el momento en que el invasor volvía la espalda. Los matlatzincas, al oeste de los lagos, y los huastecos y totonacas de Veracruz, fueron sojuzgados apenas unos años antes de la aparición de los españoles. Estos habitantes de la costa aún no se habían reconciliado con el dominio de los señores del interior, sino que los aborrecían como a enemigos inveterados; y en esto radicó una de las principales causas del éxito que acompañó a las armas castellanas.