inestimables». Luego mostraron las cuentas de vidrio, una muestra muy a menudo cercana al valor de los regalos recibidos por los fuertes de los débiles. Moctezuma permaneció mudo, apenas prestando atención a los mensajes que le enviaba Grijalva, preocupado sobre todo de que los vasallos no presenciasen su consternación. De nuevo se le aparecía su fantasía, como la sombra del difunto Héctor ante Eneas, advirtiéndole contra una resistencia sin esperanza ante la caída predestinada de
Ordenando a los hombres que se retiraran y guardaran el secreto de lo que habían visto, Moctezuma convocó apresuradamente a su consejo privado,9 el rey Cacama de Tezcuco, su hermano Cuitlahuatzin, señor de Itzapalapan, y les expuso el misterio.
Tras sabias consultas, acompañadas de adivinaciones y comparaciones de signos, profecías y tradiciones, no muy desemejantes de los medios con los cuales los hombres de hoy averiguamos asimismo lo incognoscible, se concluyó que aquel comandante no era otro que el propio dios de tez clara, quien había regresado para reasumir el trono, tal como lo había dicho.
Por consiguiente, la resistencia sería en vano; y el único proceder adecuado era ofrecerle una recepción digna y congraciarse con él mediante regalos. Los jefes fueron enviados de vuelta con órdenes para los gobernadores de los distritos costeros10 de informar sobre cualquier llegada o suceso extrañó.
Tras ellos partió una embajada de cinco personas que portaba ricos presentes, con instrucciones de dar la bienvenida al dios en nombre del emperador y de su corte; sin embargo, debían vigilarlo de cerca. Pero la embajada llegó demasiado tarde. Grijalva se había marchado.11