Así, como por mano de la providencia, a las mentes de los hombres, según la podían soportar, se fue revelando la acción.
Pronto se hizo del todo evidente la conveniencia de abandonar aquellas naves que hacían mucha agua; había problemas y ningún provecho en intentar conservarlas, pues al final tendrían que ser abandonadas sin duda alguna.
“Y en verdad, compañeros de armas —prosiguió Cortés—, no sé si sería mejor condenar también a la destrucción a las demás, y asegurar así la cooperación de los marineros en la campaña venidera, en vez de dejarlos en la ociosidad para que tramen nuevas traiciones”.
Este aviso surtió efecto, tal como el gobernante de estos acontecimientos había dispuesto que fuera. Se resolvió de inmediato dar al traste con todos los barcos a excepción de uno, el traído por Salcedo. En consecuencia, Escalante, el alguacil mayor, un oficial valiente y capaz enteramente devoto de Cortés, fue enviado a Villa Rica para llevar a cabo la orden, con la ayuda de los soldados escogidos allí apostados.
Velas, áncoras, cables y todo lo que pudiera ser utilizado fueron retirados, y pocas horas después unas cuantas barcas pequeñas era todo lo que quedaba de la flota cubana.5
Fue entonces cuando la comunidad comprendió por primera vez su situación. Los seguidores de Cortés, con fe inquebrantable en su líder, no se preocupaban tanto, pero los partidarios de Velázquez, pocos de los cuales sabían que el asunto había sido premeditado con frialdad, estaban algo inquietos. Y cuando, tras indagar más de cerca, fueron informados por ciertos marineros, se alzó el grito de que habían sido traicionados; eran corderos llevados al matadero.