generalmente a personajes prominentes, puede aceptarse que no es demasiado bajo.32
No encontrando a nadie más a quien matar, o más bien a nadie que valiera la pena matar, los españoles y los tlaxcaltecas procedieron al saqueo. La recompensa fue rica, pero aun a los ojos de sus historiadores nacionales, la infamia recaía sobre cada baratija, pues con tal acción, como observa Herrera, daban crédito a la acusación de que el acto había sido impulsado por la avaricia. Pero esta interesante ocupación estaba destinada a ser interrumpida. Pronto se oyeron los gritos de la multitud enfurecida del exterior, que rugía en respuesta al clamor de muerte de sus compatriotas. Advertidos por la guardia en las puertas, los saqueadores se apresuraron a regresar al fuerte. Los gritos de execración los saludaron al salir del templo, y una lluvia de piedras y dardos cayó espesa, mientras las primeras filas de los atacantes los presionaban con espadas y porras.33 Por corta que fuera la distancia hasta
fuerte, se empleó mucho tiempo en alcanzarlo, y apenas un hombre escapó sin lesiones. Alvarado resultó gravemente herido, mientras que un soldado y un buen número de aliados fueron muertos.