de cautivos, con ritos vistosos y sonoras demostraciones.
Como de costumbre en medio de situaciones difíciles, hubo aquí ejemplos de la abnegación de la mujer. En uno de los encuentros en la calzada para hacer retroceder a los merodeadores mexicanos, Beatriz Bermúdez de Velasco, esposa de Francisco de Olmos, acompañó a los soldados con armadura de algodón, espada y rodela. Tal era la presión del enemigo que las tropas cayeron en desorden y comenzaron a huir.
Con la espada en alto, se plantó en su camino y exclamó: «¡Qué vergüenza, castellanos! Volveos inmediatamente contra esta vil chusma, pues mataré a todo hombre que intente pasar por aquí». Tan avergonzados quedaron los hombres por esta actitud resuelta que volvieron a arremeter contra los mexicanos y los derrotaron.35
Otras mujeres de menor valor realizaron una labor igualmente buena como hermanas de la caridad, para atender y dar ánimos a los muchos heridos. Una de ellas, llamada Isabel de Rodríguez, alcanzó bastante reputación en la curación de heridas, un éxito atribuido principalmente a su invocación sagrada, pues al aplicar la venda pronunciaba invariablemente la fórmula: «¡En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, un Dios verdadero; que él te cure y te restablezca!».36