en nuestro territorio como nosotros en el vuestro. ¡Los castellanos no son hombres sino dioses, y uno solo de ellos basta para poner en fuga a mil como vosotros!». Esta escaramuza verbal condujo en varios casos a desafíos, concediéndoseles a los protagonistas un terreno despejado para resolver sus disputas; y dado que por lo general eran hombres elegidos de ambos bandos por su valentía, destreza y fuerza, los combates se
En una ocasión, un guerrero solitario de gran estatura descendió de una canoa a la calzada, armado con espada y escudo, y desafió a cualquier español a combate, pues deseaba apaciguar a los dioses con sangre. Los soldados contemplaron boquiabiertos tanta temeridad.
«¡Qué, dudáis, cobardes!», exclamó.
Al instante siguiente, un soldado llamado Gonzalo Hernández se abalanzó sobre él con espada y escudo, tras lo cual el guerrero se arrojó al agua, perseguido por el soldado, que intentaba acabar con él. Sin embargo, varias canoas se acercaron sigilosamente y Hernández fue apresado por los guerreros. Sus compañeros acudieron raudos al rescate y acosaron de tal modo a las canoas que mataron a un jefe y lograron llevar a su campeón a la orilla.7
Durante una de las salidas, Cortés llegó a la brecha de la calzada donde sus hombres habían sufrido tanto durante la Noche Triste. El puente estaba caído y se dirigió a los guerreros del otro lado:
«¿Por qué buscáis la destrucción con tanta insensatez? Si hay algún líder entre vosotros, que se presente para que pueda hablar».
«Habla —fue la respuesta—; ¡aquí todos somos líderes; líderes que harán un banquete contigo y con los tuyos!».