Luego se ordenó a los esclavos que depusieran los presentes; entre los cuales había treinta fardos de tejidos de algodón, desde cortinas diáfanas hasta pesadas túnicas, blancas, de colores, lisas y estampadas,19 entretejidas con plumas o bordadas con hilo de oro y plata; plumas y penachos de todos los colores, sandalias bordadas y espejos de marcasita. Todo esto, sin embargo, eran naderías al lado del oro, del hermoso y reluciente oro que ahora se mostraba, y asimismo de la plata.
Primero había un disco del metal amarillo, que representaba el sol con sus rayos, tan grande como la rueda de un carro, de diez palmos de diámetro, ornamentado en medio relieve y valuado en treinta y ocho mil pesos de oro.
Un disco compañero de plata maciza, del mismo tamaño e igualmente ornamentado, representaba la luna.
Luego había treinta patos de oro, bien labrados; un número de otras piezas en forma de perros, leones, monos y otros animales; diez collares, un collar con más de cien piedras pendientes llamadas esmeraldas y rubíes por los españoles; doce flechas, un arco con la cuerda tensada, dos bastones de cinco palmos de longitud cada uno; abanicos, brazaletes y otras piezas, todas de oro fino, además de un buen número de plata.
¿Qué pudo haber deleitado más a los españoles? Una sola cosa, y esa no faltó: el yelmo dorado devuelto lleno de oro virgen, polvo fino y grueso, con una abundante mezcla de pepitas de varios tamaños y formas, todas recién salidas de los yacimientos. El valor de esto era de tres pesos mil, y la admiración no se atrajo tanto por la cantidad como por el significado del regalo, como señala Bernal Díaz, pues ofrecía una indicación segura de la existencia de ricas minas en el país.
«Fue este presente el que le costó la cabeza a Moctezuma»,22 dice Torquemada.
Las palabras que siguieron cayeron en oídos sordos.