como estaba ahora por las poderosas facciones que se habían enemistado con el general. Cuando los mensajeros de paz de Cortés llegaron, fueron por tanto recibidos con favor. Se consideraron sus anteriores ofrecimientos amistosos, así como su buen trato a los cautivos, tan inusual entre los nativos, y los oráculos y signos sobre una raza venidera de gobernantes. Fuesen dioses u hombres, eran evidentemente invencibles, y la amistad y alianza ofrecidas por ellos debían de ser convenientes, y convenía asegurarlas antes de que los extranjeros, enconados por una mayor resistencia, prosiguieran su camino para unirse a sus enemigos. Una embajada, encabezada por Costomatl y Tolinpanecatl,2 fue enviada en consecuencia con provisiones y algunos otros obsequios insignificantes para abrir negociaciones de paz. Humildemente comparecieron estos hombres ante Cortés, expresando el pesar de los señores por la hostilidad mostrada y su deseo de paz. Con una grave reprensión por su obstinación, Cortés dijo que aceptaría sus disculpas, y los enviados partieron tras dejar, junto a los demás presentes, una serie de esclavos y esclavas.3
Ardiendo de vergüenza por la desgracia de sus derrotas, Xicotencatl había estado entretanto trazando planes para redimirse. Entre otros consejeros, había convocado a adivinos en su auxilio, y estos, recordando la suposición de que los españoles eran hijos del sol, declararon que, como tales, los recién llegados solo eran invencibles cuando estaban animados por sus rayos, y que de noche, privados de este poder vigorizante, se convertían en mortales que debían doblegarse ante una fuerza superior. Conociendo la fuerza del partido que se le oponía en la capital tlascalteca, no parece haber sometido sus proyectos allí, sino haberse arriesgado a retener a los embajadores mientras regresaban del campamento español hasta que se conociera el resultado de sus planes; y esto a pesar de la orden de cesar las hostilidades.4