Lo dudo muchísimo. Dudo que uno de cada diez de los más grandes generales que jamás hayan vivido hubiera logrado lo que el ruin bastardo de Pizarro hizo en Perú. Las mismas cualidades que los hicieron grandes les habrían impedido emprender algo que, visto a la luz de la experiencia y la razón, era tan descabelladamente quimérico.
Luego, dad a estas aves de presa su caricia, digo yo; se la merecen. ¡Y que la fama o la infamia sean para siempre inmortales suyas!
Por último, si alguno aún sospecha que el genio de Cortés es incapaz de medirse con otros que no sean indios, que observe cómo se maneja con sus propios compatriotas españoles.
Ya era hora de que el municipio encontrara fondeadero; demasiado trajín para una ciudad de tan inmaculada concepción, de significado tan extraordinario, no era decoroso. Velázquez se burlaría de ello; el emperador Carlos se asombraría: por tanto, a media legua más abajo de Quiahuiztlan, en la llana hondonada que se extiende desde su base hasta el puerto de Bernal que hoy protege a los naves,1 donde las aguas cristalinas entremezcladas con suaves colinas redondeadas y escarpados promontorios se elevaban a etéreas alturas por el sol brumoso, cayendo toda la escena sobre los sentidos como una visión, y no como doméstica realidad, allí eligieron un sitio para la Villa Rica, y trazaron un plano de la ciudad, distribuyeron solares, pusieron los cimientos para fuertes y baterías, pósito, iglesia, ayuntamiento y otros edificios, que fueron construidos principalmente de adobe, quedando todo ello cercado por una fuerte empalizada. Para alentar tanto a hombres como a oficiales a apresurar la obra, el propio Cortés dio el ejemplo al preparar las estructuras y al acarrear tierra y piedras. Los nativos también prestaron su ayuda, y en pocas semanas la ciudad estuvo lista, proporcionando un buen apostadero naval, una fortaleza para el control del interior, un punto de partida para las operaciones, un asilo