abierta estaba cubierta de puestos, entre los cuales los españoles habían deambulado tantas veces para contemplar productos de toda variedad, del campo y del bosque, del río y de la montaña, así como del taller del artesano y del artista.14 Así era anteriormente; pero ahora solo se mostrarían las peores fases del egoísmo, la astucia y la brutalidad humanas; sangre y cadáveres en lugar de telas y provisiones; feroces gritos de guerra y el choque de las armas en lugar de alegres transacciones y el tintineo de las monedas. Para el día siguiente al de Santiago, Alvarado había nivelado un amplio acceso y ahora decidió dirigir todas sus fuerzas contra esta plaza, dejando únicamente a una porción de sus auxiliares para que se ocuparan de las labores de demolición ulteriores. Antes del amanecer de la mañana siguiente, avanzó con toda su fuerza y tomó a los aztecas por sorpresa. Consiguió entrar sin grandes dificultades y pudo hacer frente en buen orden a las bandas que acudieron a enmendar su descuido con feroces cargas. Estaban lideradas por las famosas órdenes de los Tigres y las Águilas, conspicuas en sus respectivos atavíos, y deseosas de mantener la reputación que les había ganado sus insignias. Mayehuatzin, señor de Cuitlahuac, se encontraba también entre los líderes destacados, pero la caballería no tardó en obligarle a huir y permitió a la infantería capturar varias de las tiendas que bordeaban el mercado y comenzar el saqueo. Mucho más decidida resultó la división bajo el mando del capitán tigre Coyohuehuetzin, quien retrocedió y se mantuvo firme en el edificio del Momuztli.
Mientras la parte principal de las fuerzas españolas luchaba así en distintos puntos de la plaza con fortuna variable, el capitán Gutierre de Badajoz recibió la orden de tomar el gran templo que dominaba el mercado. Estaba defendido por Temilotzin y Tlacatecatl, quienes disputaron ferozmente su avance. Una y otra vez sus hombres fueron repelidos, o