Los mensajeros de la Nueva España no podían permitirse perder más tiempo, de modo que, con la ayuda de los amigos de Puertocarrero y de los hombres contrarios a Fonseca, entre ellos el licenciado Núñez, relator del consejo real y emparentado con Cortés, se escabulleron y, en compañía de Alaminos y Martín Cortés, se las ingeniaron para ser presentados ante el monarca en Tordesillas, a principios de marzo.31
El rey no dejó de complacerse con los informes, enmarcados como estaban por los regalos más ricos que hasta entonces le habían llegado de sus posesiones americanas,32 pero desgraciadamente estaba demasiado absorto con la corona imperial y los preparativos para la partida como para prestar al asunto más que una atención fugaz, y mucho menos iba a entrar a valorar los méritos de las reclamaciones presentadas.
Al descubrir, sin embargo, que Fonseca no había sido imparcial en el asunto, se le persuadió de que lo remitiera al Cardenal Adrián y a la junta de prelados y ministros que gobierna el reino durante la ausencia real, ante quienes el Consejo de Indias también tenía que presentar sus informes. Mientras tanto, a los mensajeros se les permitió, bajo fianza, recibir de los fondos incautados lo necesario para su sostenimiento.33
El poderoso Fonseca logró, sin embargo, mediante tergiversaciones y otros medios, retrasar el caso, y durante unos dos años este arrastró su fatigosa duración.
Y, sin embargo, cuando un hombre es lo suficientemente fuerte como para labrarse su propia fortuna, en especial cuando la aplicación de una estricta justicia podría llevar su cuello a la horca, la dilación de la ley y su susceptibilidad a la perversión pueden resultar de lo más venturosas.