debilitar a esta facción, se le permitiera a Cortés desarrollar sus planes. Pues el ejército derivaba lenta pero inexorablemente hacia la división, como tantas veces hemos visto en aventuras de esta índole, y el bando de Velázquez abarcaba a todos los que deseaban regresar de inmediato. En esta camarilla había muchos hombres ricos y influyentes a quienes Velázques les importaba tanto como Cortés, pero que tenían posesiones en Cuba y se mostraban impacientes por volver a ellas. Tampoco costaba mucho dar forma al descontento. Circulaban graves sospechas sobre la lealtad del comandante; pero estas, que sin duda eran más notables en Cuba que aquí, tenían poca importancia cuando coincidían con los deseos de los hombres. Qué estupidez plantar el campamento en medio de semejante malaria y granjearse enemistades con la gente tan pronto. Era evidente, según argumentaban, que el comandante pretendía sacrificar a la compañía en aras de su ambición.
La acción de Cortés aquí, como en cualquier otra parte, señala al gran hombre, al hombre de genio, al líder nato de hombres, y lo sitúa con toda justicia al lado de los Césares y los Napoleones del mundo.
El comandante deseaba quedarse. Toda su fortuna, todas las fortunas de sus amigos estaban jugadas en esta aventura, y prefería morir antes que regresar sin éxito. Habría pocas esperanzas de que obtuviera el mando de nuevo; no regresaría, ni tampoco iba a morir en ese preciso momento.
En los casos desesperados, los consejos audaces y las acciones audaces suelen ser los más seguros.
Llamando a sus más fieles seguidores, Puertocarrero, Alvarado y sus hermanos, Ávila, Olid, Escalante y Francisco Lugo, les expuso la situación con franqueza.