y Extremadura? Tenga cuidado, mi buen señor, no sea que pronto tengamos que batir el monte por este mismo Cortés». Velázquez soltó una carcajada y, volviéndose hacia su compañero, exclamó: «Compadre, ¿oís a este loco?». «¿Qué, señor?», replicó Cortés, fingiendo distracción. «Dice que os fugaréis con nuestra flota», respondió Velázquez. «No hagáis caso del picaro, vuestra merced; bien seguro estoy de que estas infames bromas jamás emanaron de su alocado cerebro», replicó Cortés, sumamente mortificado.
Y antes de que la risa se apagara en los labios del gobernador, su tímido pecho se vio helado por temibles presentimientos.
¿Y si fuera verdad, pensaba Velázquez, y este sujeto, a quien he sacado de su baja condición, se declarara independiente al llegar a la Nueva España? Entonces recordó su reciente disputa con Cortés, y el valor, la energía y la determinación demostrados por este último en todo momento. El gobernador temblaba al pensarlo. A su alrededor había suficientes descontentos más que dispuestos a avivar estas sospechas hasta convertirlas en llama.9