desembarco de partidas de ataque. Esto funcionó durante un tiempo, pero, inspirados por la proeza de dos tlatelulcas llamados Tzoyetzin y Temoctzin, los guerreros se reagruparon y rechazaron a los invasores. Otro bravo que se distinguió durante la repulsa fue Tzilacatzin. Ataviado como un guerrero otomí, y protegido por armadura de algodón y escudo, se lanzó hacia los españoles como si estuviera desorientado, adelantándose a sus compañeros, y arrojó su piedra, derribando a un adversario en cada lanzamiento. Este hombre se presentaba con diferentes atuendos en distintos días, y contribuyó notablemente a alentar a sus compañeros.15
No obstante estos reveses, Alvarado perseveró, y los mexicanos decidieron aprovechar su celo para tenderle una trampa. Dos o tres canales anchos mediaban entre el extremo de la calzada y el gran mercado, y el primero de ellos era ahora el punto de disputa, un abismo de sesenta pies de ancho y más de diez de profundidad. Con gran esfuerzo se había formado allí un cruce con escombros. Los mexicanos minaron este una noche y cubrieron una parte con un falso suelo.