casa”. Pero Moctezuma comprendía muy bien que aquello no eran más que palabras, un ofrecimiento vacío; de hecho, el paje bien aleccionado le había informado de que, aunque el general pudiera desear liberarlo, los capitanes españoles nunca lo permitirían.22 Por consiguiente, expresó sus agradecimientos y dijo que prefería permanecer con él, dando como razón que, de estar libre, las importunidades de sus parientes y nobles para atacar a los españoles podrían prevalecer sobre su amistad hacia ellos y hacia su rey, y esto acarrearía no solo la pérdida de vidas de ambas partes, sino la ruina de la ciudad. Tras ello, Cortés lo abrazó con toda la apariencia de una profunda devoción y le dijo: “Después de mi rey, tú serás rey; por vastas que sean tus posesiones, haré que gobiernes sobre provincias más numerosas y más
Podemos imaginar las palabras con las que los españoles podrían justificarse a sí mismos la muerte de Quauhpopoca, pero no podemos comprender el propósito de degradar al emperador a los ojos de sus súbditos —un acto que hasta entonces habían tenido tanto cuidado de evitar— a menos que fuera para elevarse en su propia estima y en la de los nativos, muy por encima de los más altos príncipes y poderes americanos, y grabar el carácter sagrado de sus personas en las mentes de los indios.
Más allá de esto, parecían considerar necesario algún castigo al emperador, ya fuera porque había autorizado el ultraje de Nautla, o porque lo había tolerado al omitir reprender a los perpetradores. Sea como fuere, el efecto fue saludable, tanto que se podía ver a españoles deambulando solos por el país sin temor a ser molestados.24
Este efecto, que se extendió también a las provincias independientes contiguas, permitió a Cortés llevar a cabo el viejo proyecto de recabar información sobre la situación del país, en particular sobre su sentimiento político y sus recursos minerales. Moctezuma prestó de