Al dejar su habitación oscura y mezclarse de nuevo con la sociedad, de la cual siempre era un brillante ornamento, se encariñó con una hija de Thomas C. Amory, un comerciante de Boston, con quien se casó en su vigesimocuarto cumpleaños.
El señor Prescott abandonó entonces la esperanza de una recuperación total de su ojo.
Si mediante restricciones en la dieta y regímenes alimenticios y con ejercicio constante al aire libre lograba conservar un uso parcial del órgano, se daría por satisfecho. Y así pasó el resto de su vida.
A veces se encontraba en una oscuridad casi total, pero por lo general podía leer y revisar sus manuscritos; para escribir, sin embargo, se veía obligado a utilizar un noctógrafo.