La expedición partió el viernes 5 de abril, pasó por Chalco, Tlalmanalco y Chimalhuacan,19 y cruzando en dirección suroeste hacia la provincia de Totolapan, adentróse en las colinas que forman el límite meridional del valle de México.
Por entonces las fuerzas habían adquirido proporciones apenas inferiores a las de la campaña de Iztocan, cuando más de cien mil hombres marcharon contra el enemigo.
Sumamente pintoresco era el espectáculo de este ejército, con sus hordas de guerreros desnudos realzadas por plumajes y relucientes puntas de iztli que sobresalían por encima de la ancha línea de vistosos rodelas; sus aventureros blancos con armaduras de algodón y metal, coronadas por brillantes cascos, y caballeros armados sobre corceles de altivo andar: pintoresco en particular al serpentear en una línea casi interminable por las laderas redondeadas de los riscos, o ascender en fila claramente definida a través de las cumbres, solo para descender de nuevo hacia barrancos sombríos como su propio fin siniestro.
Alarmados por la invasión, los habitantes habían abandonado sus hogares en el valle y habían buscado refugio en las cumbres, desde donde arrojaban proyectiles a las columnas que pasaban. Se prestó poca atención a estas bandas irregulares, compuestas en gran medida por mujeres y niños.
Sin embargo, al entrar en el valle de Tlayacapan y observar en las escarpadas laderas de una roca aislada, casi perpendicular, encaramado allí como un nido de águila, un lugar de refugio poblado por opositores más pretenciosos, en un acceso de insensata locura Cortés ordenó que el lugar fuera atacado. Parecía pensar que el honor del ejército lo exigía, y estaba dispuesto a jugarse la vida de hombres valiosos por su destrucción.
Se dio la orden de atacar desde tres frentes distintos; el más empinado fue asignado al alférez Corral, un líder valiente y animoso. A Verdugo y a