¡Ved ahora con qué fuerza se había agitado aquella pequeña lengua bífida de Cortés! Ved cómo aquellos gentiles murmullos aquella noche en Quiahuiztlan, aquellas suaves
disimulaciones sopladas en los oídos de dos pobres cautivos—ved cómo salieron disparadas como espadas aladas para detener a un ejército a punto de marchar hacia sus matanzas! Aquí, como en decenas de otros casos, la agudeza de Cortés lo salvó del desastre.
Pues en medio de los preparativos bélicos llegaron los dos recaudadores liberados, y su exposición de la magnanimidad del jefe blanco, de su conducta amistosa y de sus cálidas seguridades, cambió sustancialmente el cariz de los asuntos.
No hubo alianza; no hubo rebelión; los totonacas no se osaban rebelar sin apoyo extranjero; con ellos se entendería Moctezuma en breve.
Y con no poca presteza anuló la orden de movilizar tropas y envió una embajada a Cortés.
Así, a través de la política vacilante de la que ahora se hallaba poseído el monarca mexica, se perdió la oportunidad de asestar al enemigo un golpe tal vez fatal; y así, mediante aquel soplo lejano e impalpable, se libró y ganó otra batalla, venciendo esta vez al rey de reyes en persona, con sus cien mil hombres.
La embajada enviada constaba de dos de los sobrinos de Moctezuma,4 acompañados por cuatro caciques ancianos y honorables. Debían expresar el agradecimiento del monarca a los españoles y protestar contra la revuelta alentada por su presencia. Había llegado al convencimiento de que eran de la raza predicha por sus antepasados y, por consiguiente, de su propio linaje; por consideración hacia ellos, como huéspedes del pueblo sublevado, suspendería el castigo por el momento. Un obsequio de mantas, trabajos de plumería y oro por valor de dos mil castellanos acompañaba el mensaje.5