seguridad de sus hombres.38
Podría argumentarse que, al mantener cautivos a los jefes, su seguridad habría estado garantizada; pero la traición abundaba por doquier y era necesario dar un escarmiento.
Aquí, entre los mayores conspiradores y en la ciudad santa, el escarmiento sería más efectivo. También podría argumentarse que los jefes eran los culpables y que solo ellos debían haber sufrido, no los ciudadanos y los soldados; pero estos también estaban armados, aunque fueran subordinados, y en nuestra propia época no se observa tal distinción.
Ultrajes igualmente crueles son hoy exculpados en toda la cristiandad como exigencias de la guerra. Si nosotros, por tanto, pasamos por alto tales acciones, ¡cuánto más excusables son en los tiempos más sangrientos de Cortés!
Pero ni ahora ni entonces puede la guerra, con ninguna de las atrocidades que la acompañan, ser considerada por los hombres sensatos y humanos sino como algo bestial, horrible, diabólico.