ellos, y de que debían redoblarse las precauciones para la defensa. Los sirvientes se mostraban menos serviles, y las provisiones habían disminuido considerablemente debido, según decían, a la reciente sequía. Esto se remedió mediante las órdenes del emperador. Pero ni siquiera la perspectiva de una pronta partida de los extranjeros parecía conciliar a la población; y, menos optimistas que su líder, los soldados de Cortés se sentían abrumados por sombríos presagios. Además de esto, se veían acosados por turnos de guardia adicionales y por la obligación de dormir con sus arreos, listos para la defensa inmediata.
Debemos volver ahora por un momento a Cuba, donde hace mucho dejamos al iracundo gobernador maldiciendo. ¡Pobre Velázquez! Córdoba, Grijalva, Cortés, todos los delegados enviados a conquistar nuevas tierras para él, solo le habían resultado una sangría, aportando escasa compensación en esclavos y oro.
Por mucho que sintiera estos pesares, estos aún no habían afectado su obesidad, y con dificultad se arrastraba por su isla azuzando a los vengadores.
Con la ayuda del capellán Fonseca, Benito Martín, a quien Velázquez había enviado a España en su nombre, le había conseguido una real comisión,9 con el título de adelantado de las tierras descubiertas últimamente bajo sus auspicios hacia el poniente; y octubre de 1519 presenció atareados preparativos en la isla para una expedición tanto contra Cortés como contra Moctezuma.10
No hubo dificultad en conseguir hombres. Los rumores creados por la visita de Puertocarrero y Montejo dejaron la impresión de que se habían enviado cargamentos de oro desde la nueva región a España, y la isla era consecuentemente un hervidero de entusiasmo. Tan grande de hecho llegó a ser el deseo de enrolarse que Velázquez se habría visto obligado en cualquier caso a formar una expedición para evitar que la gente fuera por cuenta propia a reforzar a Cortés.11