Tampoco puede decirse, por otra parte, que la ganancia de la rectitud deba comprarse a cambio de alguna pérdida.
- No hay castigo para la virtud;
- ningún castigo para la sabiduría;
- son adiciones propias del ser.
En una acción virtuosa propiamente soy; en un acto virtuoso le añado al mundo; planto en desiertos conquistados al Caos y a la Nada y veo la oscuridad retroceder en los límites del horizonte.
No puede haber exceso en el amor, ni en el conocimiento, ni en la belleza, cuando estos atributos se consideran en su sentido más puro.
El alma rechaza los límites y siempre afirma un Optimismo, nunca un Pesimismo.
Su vida es un progreso, y no una estación. Su instinto es la confianza. Nuestro instinto emplea el «más» y el «menos» aplicados al hombre, en cuanto a la presencia del alma y no a su ausencia: el hombre valiente es mayor que el cobarde; el veraz, el benevolente, el sabio, es más hombre, y no menos, que el necio y el bribón. No hay impuesto sobre el bien de la virtud, pues este es la llegada de Dios mismo, o de la existencia absoluta, sin ningún comparativo. El bien material tiene su impuesto, y si llega sin mérito ni sudor, no tiene raíz en mí, y el próximo viento se lo llevará.