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Experiencia

¿Qué alegría puede producir el sentimiento religioso, cuando se sospecha que este depende en secreto de las estaciones del año y del estado de la sangre? Conocí a un ingenioso médico que encontraba el credo en el conducto biliar, y solía afirmar que si había enfermedad en el hígado, el hombre se volvía calvinista, y si ese órgano estaba sano, se volvía unitario. Es muy mortificante la reacia experiencia de que algún exceso hostil o imbecilidad neutralice la promesa del genio. Vemos a jóvenes que nos deben un mundo nuevo, tan rápida y generosamente lo prometen, pero nunca saldan la deuda; mueren jóvenes y esquivan la cuenta; o si viven, se pierden en la multitud.

El temperamento también entra de lleno en el sistema de ilusiones y nos encierra en una prisión de cristal que no podemos ver.

Hay una ilusión óptica en cada persona que conocemos. En verdad, todas son criaturas de un temperamento dado, que se manifestará en un carácter determinado, cuyos límites jamás rebasarán; pero los miramos, parecen vivos y presumimos que hay impulso en ellos.

En el momento parece impulso; en el año, en el transcurso de la vida, resulta ser cierta melodía uniforme que el cilindro giratorio de la caja de música debe tocar.

Los hombres se resisten a la conclusión por la mañana, pero la adoptan a medida que avanza la tarde, de que el carácter prevalece sobre todo tiempo, lugar y condición, y es inconsumible en las llamas de la religión.

El sentimiento moral logra imponer algunas modificaciones, pero la textura individual mantiene su dominio, si no para sesgar los juicios morales, al menos para fijar la medida de la actividad y del goce.

Así expreso la ley tal como se lee desde la plataforma de la vida ordinaria, pero no debo dejarla sin señalar la excepción capital. Pues el

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