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Naturaleza

Los lugares solitarios no parecen del todo solos. A las puertas del bosque, el sorprendido hombre de mundo se ve obligado a abandonar sus cálculos urbanos de lo grande y lo pequeño, lo sabio y lo necio. La mochila de la costumbre se le cae de la espalda con el primer paso que da en estos dominios. Aquí hay una santidad que avergüenza a nuestras religiones, y una realidad que desacredita a nuestros héroes. Aquí hallamos que la Naturaleza es la circunstancia que empequeñece a cualquier otra circunstancia, y juzga como un dios a todos los hombres que acuden a ella. Hemos salido a gatas de nuestras casas cerradas y abarrotadas hacia la noche y la mañana, y vemos qué bellezas majestuosas nos envuelven a diario en su seno. Con qué gusto escaparíamos de las barreras que las vuelven comparativamente impotentes, escaparíamos de la sofisticación y el cálculo tardío, y dejaríamos que la naturaleza nos embrujara. La luz templada de los bosques es como una mañana perpetua, estimulante y heroica. Los sortilegios de estos lugares, de los que se habla desde la antigüedad, se van apoderando de nosotros. Los troncos de los pinos, abetos y encajes brillan casi como hierro ante la vista exaltada. Los árboles inescrutables empiezan a persuadirnos de que vivamos con ellos y abandonemos nuestra vida de solemnes fruslerías. Aquí ninguna historia, iglesia o Estado se interpone entre el cielo divino y el año inmortal. Qué fácil sería seguir caminando hacia el paisaje que se abre, absortos por nuevos cuadros y por pensamientos que se suceden rápidamente, hasta que poco a poco el recuerdo del hogar fuera desplazado de la mente, toda memoria borrada por la tiranía del presente, y fuéramos conducidos en triunfo por la naturaleza.

Estos encantos son medicinales; nos despejan y nos sanan. Son placeres sencillos, benévolos y afines a nosotros. Volvemos a lo nuestro y nos

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