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Amistad

Pero encuentro esta ley del uno a uno imperativa para la conversación, que es la práctica y consumación de la amistad.

No mezcles demasiado las aguas. La mejor mezcla tan mal como lo bueno y lo malo.

Podrás tener un discurso muy útil y alentador en diferentes momentos con dos hombres distintos, pero que los tres se reúnan y no tendrás una sola palabra nueva y sincera. Dos pueden hablar y uno puede escuchar, pero tres no pueden tomar parte en una conversación de la índole más sincera y penetrante.

En la buena compañía nunca se da tal discurso entre dos, al otro lado de la mesa, como el que tiene lugar cuando los dejas a solas.

En la buena compañía los individuos funden su egoísmo en un alma social exactamente coextensiva con las diversas conciencias allí presentes. Ninguna parcialidad de amigo a amigo, ningún afecto de hermano a hermana, de esposa a marido, resultan allí pertinentes, sino más bien lo contrario.

Solo puede hablar entonces quien sea capaz de navegar sobre el pensamiento común del grupo, y no limitado pobremente al suyo propio. Ahora bien, esta convención, que el buen sentido exige, destruye la alta libertad de la gran conversación, la cual requiere una fusión absoluta de dos almas en una.

No hay dos hombres que, al quedarse a solas el uno con el otro, no entren en relaciones más sencillas. Sin embargo, es la afinidad la que determina qué par ha de conversar. Los hombres sin afinidad mutua se dan poca alegría el uno al otro, y jamás sospecharán las facultades latentes del otro.

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