Lo que el hombre hace, eso lo tiene. ¿Qué tiene que ver él con la esperanza o el temor?
En sí mismo está su poder. Que no considere ningún bien como sólido sino aquel que está en su naturaleza y que debe brotar de él mientras exista.
Los bienes de la fortuna pueden venir y irse como las hojas de verano; que los disperse a todos los vientos como signos pasajeros de su productividad infinita.
Él puede tener lo suyo.
El genio de un hombre, la cualidad que lo diferencia de todos los demás, la susceptibilidad a una clase de influencias, la selección de lo que es apto para él, el rechazo de lo que no es apto, determina para él el carácter del universo.
Un hombre es un método, una disposición progresiva; un principio selectivo, que atrae hacia sí lo semejante dondequiera que va. Solo toma lo suyo de entre la multiplicidad que lo barre y gira a su alrededor. Es como uno de esos botalones que se extienden desde la orilla en los ríos para atrapar madera flotante, o como la piedra imán entre las esquirlas de acero.
Aquellos hechos, palabras, personas que habitan en su memoria sin que él pueda decir por qué, permanecen porque guardan con él una relación que no es menos real por ser aún incomprensible.
Son para él símbolos de valor en la medida en que pueden interpretar partes de su conciencia para las que buscaría en vano palabras en las imágenes convencionales de los libros y de otras mentes.