El oro y el hierro son buenos Para comprar hierro y oro; Toda la lana y el pan de la tierra Por su igual son vendidos.
Lo profetizó el sabio Merlín, Lo probó el gran Napoleón: Ni la piedad ni la moneda compran Nada por encima de su valor.
El Miedo, la Maña y la Avaricia No pueden erigir un Estado.
Del polvo construir Lo que es más que el polvo: Los muros que levantó Anfión Apolo los debe fundar.
Cuando las nueve Musas Con las Virtudes se encuentren, Y hallen para su designio Un asiento atlántico,
Por verdes ramas de huerto Defendidas del calor, Donde el estadista ara El surco para el trigo;
Cuando la Iglesia sea valor social, Cuando la casa de gobierno sea el hogar, Entonces el Estado perfecto habrá llegado, El republicano en su casa.
En el trato con el Estado debemos recordar que sus instituciones no son primigenias, aunque existieran antes de que naciéramos; que no son superiores al ciudadano; que cada una de ellas fue en su día la obra de un solo hombre; que cada ley y cada uso fueron el recurso de un hombre para afrontar un caso particular; que todas son imitables, todas alterables; podemos hacer otras tan buenas, podemos hacerlas mejores. La sociedad es una ilusión para el joven ciudadano. Se yergue ante él en rígido reposo, con ciertos nombres, hombres e instituciones arraigados