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El poeta

Creo que nada tiene valor alguno en los libros, salvo lo trascendental y extraordinario. Si un hombre se siente inflamado y arrebatado por su pensamiento, hasta el punto de olvidar a los autores y al público, y solo atiende a este único sueño que lo domina como una demencia, déjese que lea su escrito, y para ustedes pueden quedar todos los argumentos, las historias y la crítica. Todo el valor que se atribuye a Pitágoras, Paracelso, Cornelio Agripa, Cardano, Kepler, Swedenborg, Schelling, Oken, o a cualquier otro que introduzca hechos cuestionables en su cosmogonía —como ángeles, demonios, magia, astrología, quiromancia, mesmerismo, etcétera—, es el certificado que poseemos de una salida de la rutina, y de que aquí hay un nuevo testigo. Ese es también el mayor éxito en la conversación: la magia de la libertad, que pone el mundo como una bola en nuestras manos. Qué barata parece entonces incluso la libertad; qué mezquino estudiar, cuando una emoción comunica al intelecto el poder de socavar y trastornar la naturaleza; ¡cuán grande es la perspectiva! Naciones, épocas, sistemas entran y desaparecen como hilos en un tapiz de gran figura y muchos colores; el sueño nos entrega a otro sueño, y mientras dure la embriaguez venderemos nuestro lecho, nuestra filosofía, nuestra religión, en nuestra opulencia.

Hay una buena razón por la cual deberíamos valorar esta liberación. El destino del pobre pastor, que, cegado y perdido en la tempestad de nieve, perece en un ventisquero a pocos pies de la puerta de su cabaña, es un emblema de la condición del hombre. Al borde de las aguas de la vida y de la verdad, estamos muriendo miserablemente. La inaccesibilidad de cualquier otro pensamiento que no sea aquel en el que nos encontramos es maravillosa. ¿Qué importa que te acerques a él?; estás tan distante cuando estás más cerca como cuando estás más lejos.

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