caiga vuestra mirada, esta informe fielmente de su carácter, ya se trate de su dieta, su casa, sus formas religiosas, su sociedad, su alegría, su voto, su oposición. Ahora bien, él no es homogéneo, sino heterogéneo, y el rayo no lo atraviesa; no hay luces diáfanas, sino que el ojo del observador se desconcierta al detectar muchas tendencias dispares y una vida aún no unificada.
¿Por qué habríamos de empeñarnos, con nuestra falsa modestia, en menospreciar al hombre que somos y esa forma de ser que nos ha sido asignada?
Un hombre bueno está satisfecho. Amo y honro a Epaminondas, pero no deseo ser Epaminondas. Considero más justo amar el mundo de esta hora que el mundo de su hora.
Tampoco podéis, si os digo la verdad, excitar en mí la más mínima inquietud diciendo: «Él actuó y tú estás sentado». Veo que la acción es buena cuando hay necesidad, y que estar sentado también lo es. Epaminondas, si era el hombre que creo que era, se habría sentado con alegría y paz si su suerte hubiera sido la mía.
El cielo es inmenso y ofrece espacio para todos los modos de amor y fortaleza. ¿Por qué hemos de ser entrometidos y ultraiztos? La acción y la inacción son iguales para el verdadero.
Un trozo del árbol se corta para hacer una veleta y otro para la viga maestra de un puente; la virtud de la madera se manifiesta en ambos.
Deseo no deshonrar el alma. El hecho de que esté aquí ciertamente me muestra que el alma necesitaba un órgano aquí. ¿No he de asumir el puesto? ¿He de escabullirme, evadirme y agacharme con mis inoportunas disculpas y vana modestia y figurarme que mi presencia aquí es impertinente?