formas de cuya influencia él no fue para el joven más que el mero instrumento. El hecho le enseña cómo se adoraba a Belo y cómo se construyeron las pirámides, mejor que el descubrimiento por parte de Champollion de los nombres de todos los obreros y el coste de cada teja. Encuentra Asiria y los túmulos de Cholula a la puerta de su casa, y él mismo ha colocado los cimientos.
Una y otra vez, en esa protesta que toda persona reflexiva hace contra la superstición de su época, repite paso a paso el papel de los antiguos reformadores y, en su búsqueda de la verdad, halla, como ellos, nuevos peligros para la virtud. Aprende de nuevo qué vigor moral se necesita para suplir el cinto de una superstición.
Una gran licencia pisa los talones de una reforma. ¡Cuántas veces en la historia del mundo ha tenido el Lutero de turno que lamentar la decadencia de la piedad en su propio hogar!
«Doctor —le dijo su esposa a Martín Lutero un día—, ¿cómo es que, mientras estábamos sujetos al papado, rezábamos tan a menudo y con tanta fervor, mientras que ahora rezamos con la máxima frialdad y muy pocas veces?».
El hombre que avanza descubre cuán profunda posesión tiene en la literatura—en toda fábula así como en toda historia. Descubre que el poeta no era un tipo extraño que describía situaciones extrañas e imposibles, sino que el hombre universal escribió con su pluma una confesión verdadera para uno y verdadera para todos. Su propia biografía secreta la halla en líneas maravillosamente inteligibles para él, bosquejadas antes de que él naciera. Una tras otra, en sus aventuras privadas, se topa con cada fábula de Esopo, de Homero, de Hafiz, de Ariosto, de Chaucer, de Scott, y las