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Amistad

Hablamos a veces de un gran talento para la conversación, como si fuera una propiedad permanente en ciertos individuos. La conversación es una relación evanescente, nada más. Se le atribuye a un hombre pensamiento y elocuencia; a pesar de ello, no puede dirigirle una palabra a su primo o a su tío. Reprochan su silencio con tanta razón como culparían la insignificancia de un cuadrante solar en la sombra. Al sol, marcará la hora. Entre quienes disfrutan de su pensamiento, recuperará la voz.

La amistad requiere ese raro término medio entre semejanza y desemejanza que estimula a cada cual con la presencia de poder y de consentimiento en la otra parte. Prefiero estar solo hasta el fin del mundo antes de que mi amigo rebase, con una palabra o una mirada, su verdadera simpatía. Me frustran por igual el antagonismo y la complacencia. Que no deje de ser él mismo ni un instante. La única alegría que me da que sea mío es que lo no mío sea mío. Detesto, cuando buscaba un estímulo varonil, o al menos una resistencia varonil, encontrar una papilla de concesiones. Más vale ser una ortiga en el costado de tu amigo que su eco. La condición que la alta amistad exige es la capacidad de prescindir de ella. Ese alto ministerio requiere dotes grandes y sublimes. Debe haber un muy dos antes de que pueda haber un muy uno. Que sea una alianza de dos naturalezas grandes y formidables, contempladas mutuamente, temidas mutuamente, antes incluso de que reconozcan la profunda identidad que, bajo estas disparidades, las une.

Solo es apto para esta sociedad quien es magnánimo; quien está seguro de que la grandeza y la bondad son siempre economía; quien no se apresura a entrometerse en sus fortunas. Que no se entrometa en esto. Deja al diamante sus edades para crecer, ni pretendas acelerar los nacimientos de lo eterno.

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