Todo hombre a solas es sincero. A la entrada de una segunda persona, comienza la hipocresía. Paramos y esquivamos la aproximación de nuestro prójimo con cumplidos, con chismes, con diversiones, con negocios. Ocultamos nuestro pensamiento ante él bajo cien pliegues. Conocí a un hombre que, bajo un cierto frenesí religioso, se despojó de este ropaje y, prescindiendo de todo cumplido y lugar común, le habló a la conciencia de cada persona con la que se topaba, y ello con gran perspicacia y belleza. Al principio se le resistieron, y todos coincidieron en que estaba loco. Pero al persistir —como en verdad no podía dejar de hacerlo— durante algún tiempo en este proceder, alcanzó la ventaja de poner a cada conocido suyo en auténtica relación con él. A nadie se le habría ocurrido hablarle con falsedad, ni darle largas con charla alguna de mercados o gabinetes de lectura. Mas todo hombre se veía forzado por tanta sinceridad a una franqueza semejante, y cuanto amor a la naturaleza, cuánta poesía, qué símbolo de verdad poseía, sin falta se lo mostraba.
Pero a la