alma. Pero no existen hombres tales como los que fabulamos; ni Jesús, ni Pericles, ni César, ni Angelo, ni Washington, tales como los hemos creado. Consagramos una gran cantidad de tonterías porque fueron permitidas por grandes hombres. No hay ninguno sin su debilidad. Sinceramente creo que, si un ángel descendiera para entonar el coro de la ley moral, comería demasiado pan de jengibre, o se tomaría libertades con las cartas privadas, o cometería alguna preciosa atrocidad. Bastante malo es que nuestros genios no puedan hacer nada útil, pero peor es que ningún hombre dotado de buenos rasgos sea apto para la sociedad. Es admirado desde la distancia, pero no puede acercarse sin parecer un tullido. Los hombres de gran talento se protegen mediante la soledad, o la cortesía, o la sátira, o un aire mundano y ácido, ocultando cada cual como mejor puede su incapacidad para la asociación provechosa, pero les falta amor o confianza en sí mismos.
Nuestro amor nativo por la realidad se une a esta experiencia para enseñarnos cierta reserva, y para disuadir una entrega demasiado repentina a las brillantes cualidades de las personas. Los jóvenes admiran los talentos o las excelencias particulares; a medida que envejecemos valoramos los poderes y efectos totales, como la impresión, la cualidad, el espíritu de los hombres y las cosas. El genio lo es todo. El hombre—es su sistema: no juzgamos una palabra o un acto aislado, sino su hábito. Los actos que tú alabas, yo no los alabo, ya que son desviaciones de su fe y meras complacencias. El magnetismo que ordena a tribus y razas en una sola polaridad es lo único digno de respeto; los hombres son limaduras de acero. Sin embargo, seleccionamos injustamente una partícula y decimos: «¡Oh, limadura de acero número uno! ¡Qué atracciones de corazón siento hacia ti! ¡Cuán prodigiosas son estas virtudes tuyas! ¡Cuán consustanciales a ti e incomunicables!». Mientras hablamos, la piedra imán se retira; cae nuestra limadura en un montón con el resto, y continuamos nuestra farsa ante la infelizutensilio. Vayamos por lo