dispuesto a venderlo todo y unirse a la cruzada tuviera algún certificado de que mañana su profeta no desdirá su testimonio! Pero la Verdad se sienta allí, velada, en el estrado, y jamás interpone una sílaba adamantina; y la doctrina más sincera y revolucionaria, expuesta como si el arca de Dios avanzara unos estadios y se plantara allí para socorro del mundo, será en pocas semanas descartada fríamente por el mismo orador, como enfermiza; «Creía que tenía razón, pero no la tenía»,—y se exigirá la misma inmensurable credulidad para nuevas audacias. ¡Si no fuéramos de todas las opiniones! ¡Si en cualquier momento no cambiáramos la plataforma sobre la que estamos, y miráramos y habláramos desde otra! ¡Si pudiera haber alguna regulación, alguna «regla de una hora», que impidiera a un hombre abandonar su punto de vista sin sonido de trompeta! Siempre soy insincero, por saber siempre que hay otros estados de ánimo.
¡Qué sinceros y confidenciales podemos llegar a ser, diciendo todo cuanto pasa por nuestra mente, y sin embargo marcharnos con la sensación de que aún no se ha dicho nada, debido a la incapacidad de las partes para conocerse mutuamente, ¡a pesar de usar las mismas palabras! Mi compañero pretende conocer mi estado de ánimo y mi hábito de pensamiento, y avanzamos de explicación en explicación hasta que se dice todo lo que las palabras pueden, y dejamos las cosas tal como estaban al principio, a causa de esa viciosa suposición. ¿Será que cada hombre cree que cualquier otro es un partidista incurable, y a sí mismo un universalista? Ayer conversé con un par de filósofos; me esforcé por mostrarles a mis buenos hombres que amo cada cosa a su turno y ninguna por mucho