CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 116 de 492
Table of Contents

Leyes espirituales

Cada hombre tiene su propia vocación. El talento es la llamada.

Hay una dirección en la cual todo el espacio se le abre. Posee facultades que lo invitan silenciosamente hacia allí a un esfuerzo sin fin. Es como un barco en un río; tropieza con obstáculos por todas partes menos por una, en ese lado toda obstrucción desaparece y navega sereno sobre un cauce cada vez más profundo hacia un mar infinito.

Este talento y esta llamada dependen de su organización, o del modo en que el alma general se encarna en él. Tiende a hacer algo que le es fácil y bueno una vez hecho, pero que ningun otro hombre puede hacer. No tiene rival. Pues cuanto más fielmente consulte sus propias poderes, más se diferenciará su obra de la de cualquier otro.

Su ambición es exactamente proporcional a sus facultades. La altura del pináculo está determinada por la anchura de la base.

Cada hombre tiene esta llamada del poder para hacer algo único, y ningún hombre tiene ninguna otra llamada. La pretensión de que tiene otra llamada, un llamamiento por su nombre y elección personal y «signos» exteriores que lo señalan como extraordinario, y no en la lista de los hombres comunes, es fanatismo, y delata la insensibilidad para percibir que hay una sola mente en todos los individuos, y no hay acepción de personas en ella.

Al hacer su trabajo hace que se sienta la necesidad que él puede satisfacer, y crea el gusto con el que es disfrutado. Al hacer su propio trabajo se despliega a sí mismo. Es el vicio de nuestra oratoria pública el que carece de abandono. En alguna parte, no solo todo orador sino todo hombre debería soltar toda la longitud de todas las riendas; debería encontrar o hacer una expresión franca y cordial de la fuerza y el significado que hay en él.

116