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Confianza en uno mismo

Si la malicia y la vanidad visten el abrigo de la filantropía, ¿se va a consentir eso? Si un fanático furioso asume esta generosa causa de la abolición, y viene a mí con sus últimas noticias de Barbados, ¿por qué no he de decirle: «Ve a amar a tu hijo; ama a tu leñador; sé bondadoso y modesto; ten esa gracia; y no barnices jamás tu dura y poco caritativa ambición con esta increíble ternura hacia la gente negra a mil millas de distancia»? Tu amor lejano es rencor en casa. Tosco y deslucido sería tal saludo, pero la verdad es más hermosa que la afectación del amor. Tu bondad debe tener algún filo —si no, no es tal—. La doctrina del odio debe ser predicada, como contrapartida de la doctrina del amor, cuando esta se lamenta y gime.

Huyo del padre, de la madre, de la esposa y del hermano cuando mi genio me llama. Escribiría en los postes de las puertas: Capricho. Espero que al fin sea algo mejor que un capricho, pero no podemos pasarnos el día dando explicaciones. No esperen que dé razones de por qué busco o por qué excluyo la compañía.

Y otra vez, no me hables, como hizo hoy un hombre de bien, de mi obligación de poner a todos los hombres pobres en buenas situaciones. ¿Son acaso mis pobres? Te digo, filántropo insensato, que me duele el dólar, la moneda de diez centavos, el centavo que doy a hombres así que no me pertenecen y a los que yo no pertenezco. Hay una clase de personas a quienes, por toda afinidad espiritual, estoy vendido y comprado; por ellas iré a la cárcel si es necesario; pero vuestras caridades populares misceláneas; la educación universitaria de los necios; la construcción de casas de reunión con el fin vano al que muchas hoy se destinan; la limosna a los borrachos, y las mil y una Sociedades de Socorro;⁠—aunque confieso con vergüenza que a veces sucumbo y doy el dólar, es un dólar inicuo que tarde o temprano tendré la hombría de retener.

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