El poder toma un camino muy distinto a las autopistas de la elección y la voluntad; a saber, los túneles y canales subterráneos e invisibles de la vida. Es ridículo que seamos diplomáticos, médicos y gente considerada: no hay más incautos que estos. La vida es una serie de sorpresas, y no valdría la pena tomarla ni conservarla si no lo fuera. Dios se complace en aislarnos cada día y en ocultarnos el pasado y el futuro. Querríamos mirar a nuestro alrededor, pero con gran cortesía descorre ante nosotros una pantalla impenetrable de cielo purísimo, y otra a nuestras espaldas de cielo purísimo. «No recordarás», parece decir, «y no esperarás». Toda buena conversación, modales y acción provienen de una espontaneidad que olvida los usos y engrandece el momento. La naturaleza odia a los calculadores; sus métodos son saltatorios e impulsivos. El hombre vive de pulsos; nuestros movimientos orgánicos lo son; y los agentes químicos y etéreos son ondulatorios y alternos; y la mente avanza antagonizando, y nunca prospera sino a golpes. Nos nutrimos de casualidades. Nuestras principales experiencias han sido fortuitas. La clase de gente más atractiva es aquella que es poderosa de manera oblicua y no por el golpe directo; hombres de genio, pero aún no acreditados; uno recibe el ánimo de su luz sin pagar un tributo demasiado alto. Suya es la belleza del pájaro o de la luz de la mañana, y no la del arte. En el pensamiento del genio hay siempre una sorpresa; y el sentimiento moral es bien llamado «la novedad», pues nunca es otra cosa; tan nuevo para la inteligencia más vieja como para el niño pequeño;—«el reino que viene sin observación». Del mismo modo, para el éxito práctico, no debe haber demasiado designio. A un hombre no se le observará haciendo aquello que mejor
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Experiencia
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