No veo ningún camino de paz perfecta que un hombre pueda transitar, sino el del consejo de su propio pecho.
Que abandone el trato excesivo, que vuelva mucho a su hogar y se afirme en aquellos rumbos que aprueba.
La retención incesante de sentimientos simples y elevados en deberes oscuros va endureciendo el carácter hasta darle ese temple que obrará con honor, si es necesario en el tumulto o en el cadalso.
Cualquier ultraje que les haya ocurrido a los hombres puede volver a sucederle a un hombre; y muy fácilmente en una república, si aparecen indicios de decadencia de la religión.
La calumnia grosera, el fuego, la brea y las plumas y la horca, el joven puede traerlos libremente a su mente y, con la mayor dulzura de temperamento que pueda, inquirir cuán firmemente puede arraigar su sentido del deber, desafiando tales castigos, siempre que le plazca al próximo periódico y a un número suficiente de sus vecinos declarar sus opiniones incendiarias.
Puede calmar el temor a la calamidad en el corazón más sensible ver cuán rápido límite ha puesto la Naturaleza al mayor sufrimiento que puede infligir la malicia. Nos acercamos rápidamente a un abismo que ningún enemigo puede cruzar tras nosotros:—