hombres imperfectos, y parecen lamentar su encierro, arraigados en la tierra. El animal es el novicio y el aspirante a un orden más avanzado. Los hombres, aunque jóvenes, al haber probado la primera gota de la copa del pensamiento, ya están corrompidos; los arces y los helechos aún siguen inmaculados; pero sin duda cuando alcancen la conciencia ellos también renegarán y maldecirán. Las flores pertenecen tan estrictamente a la juventud que los hombres adultos no tardamos en sentir que sus bellas generaciones no nos conciernen: hemos tenido nuestro día; ahora dejemos que los niños tengan el suyo. Las flores nos dan calabazas y nos convertimos en solterones con nuestra ridícula sensiblería.
Las cosas están tan estrictamente relacionadas que, según la destreza del ojo, a partir de cualquier objeto se pueden predecir las partes y propiedades de cualquier otro. Si tuviéramos ojos para verlo, un trozo de piedra de la muralla de la ciudad nos daría constancia de la necesidad de que el hombre deba existir, con tanta facilidad como la ciudad misma. Esa identidad nos hace a todos uno, y reduce a la nada los grandes intervalos en nuestra escala habitual. Hablamos de desviaciones de la vida natural, como si la vida artificial no fuera también natural. El cortesano de rizos más perfectos en los boudoirs de un palacio tiene una naturaleza animal, ruda y aborigen como un oso blanco, omnipotente para sus propios fines, y está directamente emparentado, allí entre esencias y billets-doux, con las cordilleras del Himalaya y el eje del globo. Si consideramos cuánto pertenecemos a la naturaleza, no necesitamos ser supersticiosos respecto a las ciudades, como si esa fuerza terrorífica o benéfica no nos encontrara también allí y modelara las ciudades. La naturaleza, que hizo al albañil, hizo la casa. Podemos