Estas preguntas que anhelamos hacer sobre el futuro son una confesión de pecado. Dios no tiene respuesta para ellas.
Ninguna respuesta en palabras puede contestar a una pregunta de cosas. No es en un arbitrario «decreto de Dios», sino en la naturaleza del hombre, donde un velo desciende sobre los hechos del mañana; pues el alma no tolerará que leamos otro cifrado que el de la causa y el efecto.
Mediante este velo que cubre los acontecimientos, instruye a los hijos de los hombres para que vivan en el hoy. El único modo de obtener una respuesta a estas preguntas de los sentidos es renunciar a toda baja curiosidad y, aceptando la marea del ser que nos flota hacia el secreto de la naturaleza, trabajar y vivir, trabajar y vivir, y sin darnos cuenta el alma en progreso ha construido y forjado para sí una nueva condición, y la pregunta y la respuesta son una sola.
Por el mismo fuego, vital, consagrador, celestial, que arde hasta disolver todas las cosas en las olas y mareas de un océano de luz, nos vemos y nos conocemos, y sabemos de qué espíritu es cada cual.
¿Quién puede explicar los fundamentos de su conocimiento sobre el carácter de los distintos individuos de su círculo de amigos? Nadie.
Sin embargo, sus actos y sus palabras no lo defraudan. En aquel hombre, aunque no sabía nada malo de él, no depositaba su confianza. En aquel otro, a pesar de que rara vez se habían visto, habían mediado no obstante señales auténticas que indicaban que se podía confiar en él como en alguien que se preocupaba por su propia reputación.
Nos conocemos muy bien: cuál de nosotros ha sido justo consigo mismo y si aquello que enseñamos o contemplamos es solo una aspiración o es también nuestro esfuerzo honesto.
Todos somos discernidores de espíritus. Ese diagnóstico se halla en lo alto de nuestra vida o poder inconsciente.