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Círculos

la iglesia cristiana que no apreciara especialmente aquel valiente texto de Pablo:⁠—«Entonces también el Hijo se sujeta a Aquel que le sujetó todas las cosas, para que Dios sea todo en todos». Sean las pretensiones y virtudes de las personas cuán grandes y bienvenidas fueren, el instinto del hombre presiona con anhelo hacia lo impersonal e ilimitado, y de buen grado se arma contra el dogmatismo de los fanáticos con esta generosa palabra sacada del libro mismo.

El mundo natural puede concebirse como un sistema de círculos concéntricos, y de vez en vez detectamos en la naturaleza ligeras dislocaciones que nos advierten que esta superficie sobre la que ahora nos paramos no es fija, sino deslizante.

Estas múltiples cualidades tenaces, esta química y esta vegetación, estos metales y animales, que parecen estar ahí por su propia cuenta, son solo medios y métodos; son palabras de Dios, y tan fugaces como las otras palabras.

¿Ha aprendido su oficio el naturalista o el químico, que ha explorado la gravedad de los átomos y las afinidades electivas, pero que aún no ha discernido la ley más profunda de la cual esto es solo una declaración parcial o aproximada, a saber, que lo semejante atrae a lo semejante, y que los bienes que le pertenecen gravitan hacia usted y no necesitan ser perseguidos con penas y costos?

Sin embargo, esa declaración también es aproximada, y no definitiva. La omnipresencia es un hecho superior. No a través de sutiles canales subterráneos deben ser atraídos el amigo y el hecho hacia su contraparte, sino que, bien consideradas, estas cosas proceden de la generación eterna del alma. La causa y el efecto son dos caras de un mismo hecho.

La misma ley de la procesión eterna ordena todo lo que llamamos virtudes, y extingue a cada una a la luz de otra mejor.

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