Si alguien considera los aspectos actuales de lo que por antonomasia se llama sociedad, verá la necesidad de esta ética.
El nervio y el corazón del hombre parecen haber sido extraídos, y nos hemos vuelto quejicas temerosos y desanimados. Tenemos miedo de la verdad, miedo de la fortuna, miedo de la muerte y miedo los unos de los otros.
Nuestra época no produce personas grandes y perfectas. Queremos hombres y mujeres que renueven la vida y nuestro estado social, pero vemos que la mayoría de las naturalezas son insolventes, no pueden satisfacer sus propias necesidades, tienen una ambición totalmente desproporcionada respecto a su fuerza práctica y se apoyan y mendigan día y noche sin cesar.
Nuestra economía doméstica es mendicante, nuestras artes, nuestras ocupaciones, nuestros matrimonios, nuestra religión no los hemos elegido nosotros, sino que la sociedad los ha elegido por nosotros. Somos soldados de salón. Huimos de la áspera batalla del destino, donde nace la fuerza.
Si nuestros jóvenes fracasan en sus primeras empresas, pierden todo el ánimo. Si el joven comerciante fracasa, la gente dice que está arruinado. Si el más fino talento estudia en uno de nuestros colegios y no es instalado en una oficina un año después en las ciudades o los suburbios de Boston o Nueva York, a sus amigos y a él mismo les parece que tiene razón en desanimarse y en lamentarse el resto de su vida. Un muchacho recio de Nuevo Hampshire o Vermont, que prueba sucesivamente todas las profesiones, que hace de transportista, de