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El poeta

hombre, en virtud de poseer la mayor capacidad para recibir y para impartir.

Pues el Universo tiene tres hijos, nacidos al mismo tiempo, que reaparecen bajo diferentes nombres en todo sistema de pensamiento, ya se llamen causa, operación y efecto; o, más poéticamente, Júpiter, Plutón, Neptuno; o, teológicamente, el Padre, el Espíritu y el Hijo; pero a los que aquí llamaremos el Conocedor, el Hacedor y el Decidor.

Estos representan respectivamente el amor a la verdad, el amor al bien y el amor a la belleza. Estos tres son iguales. Cada uno es lo que es esencialmente, de modo que no puede ser superado ni analizado, y cada uno de estos tres tiene el poder de los otros latente en sí mismo, y el suyo propio patente.

El poeta es el que dice, el que nombra, y representa la belleza. Es un soberano, y se halla en el centro. Pues el mundo no está pintado ni adornado, sino que es hermoso desde el principio; y Dios no ha hecho algunas cosas hermosas, sino que la Belleza es la creadora del universo. Por tanto, el poeta no es ningún potentado tolerado, sino emperador por derecho propio. La crítica está infestada por la jerga del materialismo, que asume que la destreza y la actividad manual son el principal mérito de todos los hombres, y menosprecia a quienes dicen y no hacen, pasando por alto el hecho de que algunos hombres, a saber, los poetas, son hablantes naturales, enviados al mundo con el fin de la expresión, y los confunde con aquellos cuya incumbencia es la acción pero que la abandonan para imitar a los que dicen. Pero las palabras de Homero son tan valiosas y admirables para Homero como las victorias de Agamenón lo son para Agamenón. El poeta no espera al héroe o al sabio, sino que, así como ellos actúan y piensan de

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