de ti ese poder onírico que cada noche te muestra que es tuyo; un poder que trasciende todo límite e intimidad, y en virtud del cual el hombre es el conductor de todo el río de la electricidad. Nada camina, ni se arrastra, ni crece, ni existe, que no deba a su vez levantarse y marchar ante él como exponente de su sentido. Al llegar a ese poder, su genio deja de ser agotable. Todas las criaturas, por parejas y por tribus, se vierten en su mente como en el arca de Noé, para salir de nuevo a poblar un mundo nuevo. Esto es como la reserva de aire para nuestra respiración o para la combustión de nuestra chimenea; no una medida en galones, sino la atmósfera entera si se requiere. Y por eso los poetas ricos, como Homero, Chaucer, Shakespeare y Rafael, no tienen evidentemente más límites para sus obras que los límites de su vida, y se asemejan a un espejo paseado por la calle, listo para devolver la imagen de cada cosa creada.
¡Oh poeta! Una nueva nobleza se confiere en arboledas y pastos, y ya no en castillos ni por la hoja de la espada. Las condiciones son duras, pero iguales. Dejarás el mundo y conocerás solo a la musa. Ya no conocerás los tiempos, las costumbres, las gracias, la política o las opiniones de los hombres, sino que lo tomarás todo de la musa. Pues la hora de las ciudades ha sido tocada a muerto en el mundo por campanas fúnebres, pero en la naturaleza las horas universales se cuentan por sucesivas tribus de animales y plantas, y por el crecimiento de gozo en gozo. Dios quiere también que abdiques de una vida múltiple y doble, y que te conformes con que otros hablen por ti. Otros serán tus hidalgos y representarán toda la cortesía y la vida mundana por ti; otros realizarán también las grandes y resonantes acciones. Yacerás bien oculto junto a la naturaleza, y no puedes ser dispensado para el Capitolio o la Bolsa. El mundo está lleno de renuncias y aprendizajes, y este es el tuyo: debes pasar por necio y