no debería reprender e insultar, sino anunciar y encabezar el código civil y la labor cotidiana. Pero ahora ambas cosas parecen irreconciliablemente separadas. Hemos violado ley tras ley hasta encontrarnos en medio de ruinas, y cuando por casualidad vislumbramos una coincidencia entre la razón y los fenómenos, nos sorprendemos.
La belleza debería ser la dote de todo hombre y mujer, con la misma invariable certeza que la sensibilidad; pero escasea.
La salud o la sólida organización deberían ser universales.
El genio debería ser hijo del genio y todo niño debería estar inspirado; pero hoy no puede predecirse en ningún niño, y en ninguna parte es puro.
Llamamos medias luces parciales, por cortesía, genio; talento que se convierte en dinero; talento que brilla hoy para poder cenar y dormir bien mañana; y la sociedad está dirigida por hombres de talento, como se les llama propiamente, y no por hombres divinos.
Estos usan sus dones para refinar el lujo, no para abolirlo.
El genio es siempre ascético, y devoción, y amor.
El apetito se le aparece a las almas más nobles como una enfermedad, y hallan belleza en los ritos y límites que se le oponen.