El gran hombre no sabía que era grande. Tardó un siglo o dos en hacerse evidente ese hecho. Lo que hizo, lo hizo porque tenía que hacerlo; era la cosa más natural del mundo y surgió de las circunstancias del momento. Pero ahora, todo lo que hizo, incluso el levantar un dedo o comer pan, parece grandioso, universalmente relacionado, y es llamado una institución.
Estas son las demostraciones en unos pocos particulares del genio de la naturaleza; muestran la dirección de la corriente. Pero la corriente es sangre; cada gota está viva. La verdad no tiene victorias aisladas; todas las cosas son sus órganos, no solo el polvo y las piedras, sino los errores y las mentiras. Las leyes de la enfermedad, dicen los médicos, son tan hermosas como las leyes de la salud. Nuestra filosofía es afirmativa y acepta gustosamente el testimonio de los hechos negativos, así como cada sombra apunta hacia el sol. Por una necesidad divina, cada hecho en la naturaleza está compelido a ofrecer su testimonio.
El carácter humano se manifiesta por doquier incesantemente. El acto y la palabra más huidizos, el mero aire de hacer algo, el propósito insinuado, expresan el carácter.
Si actúas, muestras tu carácter; si te sientas quieto, si duermes, lo muestras. Creéis que por no haber dicho nada cuando otros hablaban, y por no haber dado opinión sobre los tiempos, sobre la iglesia, sobre la esclavitud, sobre el matrimonio, sobre el socialismo, sobre las sociedades secretas, sobre la universidad, sobre partidos y personas, vuestro veredicto aún se espera con curiosidad como una sabiduría reservada.
Muy al contrario; vuestro silencio responde con gran fuerza. No tenéis ningún oráculo que pronunciar, y vuestros semejantes han aprendido que no podéis ayudarles; pues los oráculos hablan. ¿Acaso no clama la Sabiduría y alza su voz la Inteligencia?
Se imponen terribles límites en la naturaleza a los poderes del disimulo.